¿Por qué los soldados sacan algo de la muerte?

¿Se divierten algunos soldados matando? Si es así, ¿por qué? Esta pregunta nos la hemos hecho hace poco tiempo tras la publicación de un video de un helicóptero Apache americano en el que los pilotos disparaban a un cámara de Reuters y su conductor en Baghdad en 2007. Tras confundir la cámara del periodista con un arma, los pilotos dispararon contra él y los que le rodeaban.

El aspecto más escalofríante del vídeo, que fue hecho público en Wikileaks, es la conversación entre los dos pilotos, cuyos nombres no han sido revelados. Como dice Elizabeth Bumiller del New York Times, los soldados “se regocijan en la muerte”. “Mira a esos cabrones muertos”, dijo uno de los pilotos. “Muy bueno”, responde el otro.

La conversación me recuerda un artículo del Times de marzo de 2003, durante la invasión americana a Baghdad. El periodista cita al Sgt. Eric Schrumpf, un marine, diciendo “Hoy fue un gran día. Matamos a mucha gente.” Cuando se le pregunta por la muerte de una iraquí que estaba de pie cerca de un miliciano, Schrumpf dice: “lo siento, pero la chica estaba en medio”.

¿Un soldado se hace o ya nace con esa aparente satisfacción -llamémoslo efecto Schrumpf- que algunos por mata? Nace, asegura Richard Wranghman, un antropólogo de Harvard y una autoridad en chimpancés. Wrangham sostiene que la selección natural está dentro de los humanos y de los chimpancés -nuestros parientes más cercanos- y que les da una tendencia innata para “muerte intergrupal” [pdf] , en la que los miembros de un grupo atacan a los del grupo rival. Los varones “disfrutan de la oportunidad de matar a otros”, dice Wranghman, especialmente si hay poco riesgo de que sean ellos los que mueran.

Fotograma del video. Wikileaks.

Fotograma del video. Wikileaks.

Hace varios años, los genetistas de la Universidad de Victoria en Nueva Zelanda vincularon la agresión masculina a una variante de un gen que codificar la encima de la monoamina oxidasa A, que regula la función de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina. De acuerdo con los investigadores, el llamado “gen guerrero” lo tienen el 56% de los maoríes varones, que son conocidos por ser “guerreros sin miedo” y sólo el 34% de los varones caucásicos.

Pero estudios de veteranos de la 2ª Guerra Mundial sugieren que muy pocos hombres son innatamente belicosos. Los psiquiatras Swank y Walter Marchand descubrieron que el 98% de los soldados que estuvieron 60 días en combate continuo sufrieron síntomas psiquiátricos, ya fuesen temporales o permanentes. El 2 por ciento restante mostraban “personalidades psicopáticas agresivas”, según los informes. Es decir, que el combate no los volvió locos porque estaban locos desde el principio.

Estudios realizados con soldados de la 2ª Guerra Mundial por el General de Brigada S.L.A. Marshall mostraron que sólo del 15 al 20% de ellos habían disparado sus armas en combate, incluso cuando se lo ordenaron. Marshall concluyó que la mayoría de los soldados evitaron disparar al enemigo porque tenían tanto miedo de matar como de morir. “El individuo medio y sano”, argumentó Marshall en un libro en la posguerra, “tiene una resistencia innata e inconsciente hacia dar muerte a otro ser humano y no quitará la vida a nadie si es posible huir de esa responsabilidad. Llega un punto en que se convierte en objetor de conciencia”.

Los críticos han retado los argumentos de Marshall, pero el ejercito americano se los tomó tan en serio que volvió a hacer los mismos estudios en las guerras posteriores, según Dave Grossman, un antiguo Teniente Coronel y profesor de psicología en West Point. En su libro de 1995 On Killing, Grossman sostiene que los resultados de Marshall han sido corroborados por informes de la 1ª Guerra Mundial, la Guerra Civil y las Guerras Napoleónicas. “La especial falta de entusiasmo por matar a otro ser humano ha existido a lo largo de toda la historia militar”.

The reluctance of ordinary men to kill can be overcome by intensified training, direct commands from officers, long-range weapons and propaganda that glorifies the soldier’s cause and dehumanizes the enemy. “With the proper conditioning and the proper circumstances, it appears that almost anyone can and will kill,” Grossman writes. Many soldiers who kill enemies in battle are initially exhilarated, Grossman says, but later they often feel profound revulsion and remorse, which may transmute into post-traumatic stress disorder and other ailments. Indeed, Grossman believes that the troubles experienced by many combat veterans are evidence of a “powerful, innate human resistance toward killing one’s own species.”

In other words, the Schrumpf effect is usually a product less of nature than of nurture—although “nurture” is an odd term for training that turns ordinary young men into enthusiastic killers.

Las reticencias que tiene un hombre corriente a matar pueden ser esquivadas con un entrenamiento intensivo, órdenes directas de los oficiales, armas de largo alcance y propaganda que glorifique la causa de los soldados deshumanizando al enemigo. “Con el acondicionamiento adecuado y las circunstancias correctas, parece ser que casi cualquiera puede matar y mataría”, escribe Grossman. Muchos soldados que matan a enemigos en la batalla se emocionan al principio, dice Grossman, pero luego suelen sentir un gran remordimiento, que se suele traducir en stress post-traumático y otros problemas. De hecho, Grossman cree que los problemas experimentados por muchos veteranos son la prueba de una “poderosa e innata resistencia humana hacia matar a alguien de su propia especie”.

En otras palabras, el efecto Schrumpf no suele ser tanto algo con lo que se nace como algo que se hace.

SOBRE EL AUTOR

John Horgan, un antiguo periodista de Scientific American, dirige el Center for Science Writings en el Stevens Institute of Technology.

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